«Soy tu fan» / Patricia Turnes

CAPÍTULO 1:

MARCIA:

Me encontré con Ubaldo Flores. ¡Llevaba a su hijo a la misma placita a la que yo sacaba a pasear a mi perro! Estaba vestido con un equipo de gimnasia Adidas azul de esos que tienen tres rayitas blancas a los costados. Atada al cuello, llevaba una pañoleta de seda celeste para cuidar la garganta, lo cual le daba cierto aire tanguero. Todavía usaba lentes de vidrios exageradamente gruesos, los mismos que tenía cuando lo conocí en 1998.
Le pregunté por el niño al que hamacaba. Ubaldo me preguntó si ya había «probado eso». Al principio no entendí lo que decía: «¿Si probé qué?». «¿Probaste tener un hijo…?», me preguntó. «No», le respondí. «¡Es toda una aventura!», dijo él, contento.
Cuando volví del paseo se me prendió la lamparita. Yo sabía que Ubaldo Flores daba clases de guitarra y que su casa quedaba a unas cuadras de la mía. «¿Por qué no estudio guitarra con él?», pensé. Roco me había abandonado. Se había ido con su guitarra, su amplificador y sus pedales. Se había llevado, además, la única posibilidad que yo tenía de improvisar letras y melodías sobre los acordes que él tocaba.
A los pocos días de haberme cruzado con Ubaldo, junté coraje y lo llamé por teléfono. Le expliqué que yo siempre conseguía novios guitarristas, pero con la particularidad de que estos chicos no tenían ganas de hacer ningún proyecto musical conmigo. Le dije que lo que quería era aprender guitarra con él para independizarme de ellos de una vez por todas, para terminar con mi mal karma.
Quince años atrás, yo solía escribir. También colaboraba con la sección de cultura de algunos diarios y semanarios. Había abandonado Ciencias de la Comunicación por motivos varios. En tercer año de facultad mi vida se complicó. Un compañero de la facultad se me declaró en un baile al que fuimos con los de la clase. Como no quise coger con él porque estaba de novia con otro chico desde hacía varios años, empezó a hacerme bullying. Por aquellos días, yo odiaba a la mayoría de los profesores que teníamos. Muchos de ellos eran mediocres o nos destrataban en clase. Recuerdo a uno bastante joven que recién había llegado de hacer un posgrado en México. ¡Era un atrevido! «¡Ninguno de ustedes tiene ningún proyecto entre manos!», nos dijo una mañana. Era muy duro con nosotros. A consecuencia de todo este panorama, comencé a tener ataques de pánico. Con Julio, la pareja que tenía desde hacía cinco años, empecé a llevarme mal. Nos peleábamos por cualquier cosa: si íbamos al cine y yo llegaba cinco minutos tarde, Julio me gritaba de manera tan agresiva que me daban ganas de salir corriendo. No se daba cuenta, pero nuestra relación empezó a ponerse violenta. Por aquellos días se me ocurrió entrevistar a Tomás, un escritor que admiraba. Con él empezamos a mandarnos mails. Cuando le conté todo lo que sufría en la facultad, Tomás me recomendó que la dejara y que le diera prioridad a mi parte artística. «¡Dedicate a escribir, animate a publicar lo tuyo!», fue su consejo. Empecé a ir a un terapeuta reichiano. Él me mandó a hacer karate porque decía que esta actividad psicofísica me ayudaría a bajar la ansiedad. Yo necesitaba irme de la casa de mis padres. Quería irme a vivir con Julio pero él no quiso seguirme el vuelo, no se animó a dar ese paso hacia un mayor grado de compromiso en nuestra relación. Él tenía otras urgencias: la carrera que hacía por entonces era su prioridad. Además, se había metido a cursar una nueva. Quería afirmarse en el terreno profesional, conseguir un buen trabajo, y recién ahí vería qué hacer. Al final, me cansé de esperarlo. Dejé a Julio, conseguí un trabajo en una editorial y me hice novia de un chico bastante más joven que yo que tenía ganas de aventurarse en lo desconocido: Roco. Con él, al mes de comenzada nuestra relación, nos fuimos a vivir a un apartamento en Pocitos que le alquilé a mi profesor de karate.
En 1998, tuve la iniciativa de estudiar bajo con Juan, un amigo que no quería cobrarme por las clases que me daba. Juan me acompañó a comprar un bajo. Elegí uno marca Samick color gris que tenía unos planetitas dibujados en el brazo. Además, le compré un amplificador de bajo al novio de Eliana, una de mis amigas. La casa de Juan era a la vez que sala de ensayos, una especie de club social para varios de sus amigos, ahí también daban clases otros músicos. Ubaldo, que se había divorciado hacía unos meses de su esposa y necesitaba un lugar para trabajar, enseñaba en uno de los salones que le prestaba Juan.
Pasábamos horas en la azotea de Juan junto a varios de sus amigos. De tarde tomábamos mate, de noche cerveza. Conversábamos hasta altas horas de la madrugada. En este ambiente conocí a Ubaldo, que enseguida me preguntó por qué no estudiaba guitarra con él. «¡Saber guitarra te va a servir más para componer que estudiar bajo!», argumentó. A fines de los noventa yo no sabía qué quería hacer con la música. No aspiraba a ser compositora. En mi cabeza desfilaban imágenes de bajistas mujeres: D’arcy Wretzky, de los Smashing Pumpkins, Kim Gordon, de Sonic Youth, Kim Deal, de las Breeders, Kristen Pfaff de Hole y Melissa Auf der Maur, que suplantó a Kristen cuando se suicidó. En aquel momento no le di pelota a Ubaldo, yo estaba empecinada en ser bajista y además, me pareció un poco inmoral que intentara robarle una alumna a Juan que era quien le prestaba de onda un salón para dar clases.
Otra de aquellas tardes, Ubaldo me convenció de que sería bueno para mí comprar el último disco que él había grabado con su banda. «Te lo puedo conseguir más barato si lo querés», insistió. Me acuerdo de cómo estaba vestido aquella tarde: jeans, remera blanca y camisa a cuadritos medio grunge arriba. Lo más chocante era la remera de Marilyn Manson que contrastaba con su estatus de nueva figura del canto popular uruguayo.
Caminamos juntos hasta el sello discográfico que había editado su disco. Lo pidió en un mostradorcito que había en el local. Ubaldo quería que lo entrevistara para alguno de los medios en los que yo trabajaba. Después que le compré el disco, me invitó a ir a la rambla, según él, a tomar un vermucito. Yo fui sincera: no podía aceptar su invitación. A decir verdad, me dio un poco de miedo, él tenía como diez años más que yo. Pero además, podía ser complicado, porque desde hacía unos meses yo vivía en pareja con Roco. ¿Qué iba a decir mi novio de aquel entonces cuando se enterara de que yo había salido a dar una vuelta con este artista? Yo apenas conocía a Ubaldo. No me pareció bien.
Después de tres meses de practicar los ejercicios que me había pasado mi amigo Juan, mis esfuerzos dieron frutos. Roco me contó que se habían quedado sin bajista. Me ofreció hacer una prueba con ellos. Practiqué dos semanas por arriba de las canciones de la banda. Ponía el casete con las grabaciones de ellos a diario, de un lado y del otro, hasta que logré las líneas de bajo de varias de las canciones. El día antes de la prueba, me di cuenta de que el desafío era demasiado grande para mí. Fui a la sala de ensayo con ellos. Me puse demasiado nerviosa. Hablé con los de la banda y ellos supieron entender: una cosa era tocar en tu casa arriba de grabaciones, otra cosa muy distinta era formar parte de una banda, tocar en vivo junto a otros músicos. ¡Demasiada responsabilidad! Me estresé. Me convencí de que nunca lograría sentirme confiada con el bajo y desistí de ser la bajista de la banda de Roco. Al tiempo dejé las clases y dejé de practicar con el instrumento.
En relación a Ubaldo, a partir de aquel disco que le compré, empecé a escuchar su música. ¡Me encantó! Con el tiempo, empecé a ir a todos sus recitales. Un día fui a una disquería especializada en música popular uruguaya y adquirí todos los discos que él tenía editados. No volví a verlo en persona hasta que el azar hizo que nos encontráramos en la placita.

Tapa: Polyester